Marco & Mark

Por: Beatriz Bencomo Un detalle: Marco Rubio eligió el Día de los Enamorados para decirle a Europa que Estados Unidos […]

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Por: Beatriz Bencomo

Un detalle: Marco Rubio eligió el Día de los Enamorados para decirle a Europa que Estados Unidos quiere reconciliarse. Mark Carney eligió Davos, tres semanas antes, para decirle al mundo que la reconciliación ya no es el punto.

Ambos diagnosticaron lo mismo: el orden de posguerra se rompió. Pero sus respuestas los separan como a dos siglos distintos. Rubio quiere rehacer las alianzas occidentales sobre la base del liderazgo tradicional de Washington. Carney propone que incluso los aliados tradicionales busquen nuevas formas de autonomía y multilateralismo.

Seamos honestos: nadie extraña ese orden. Sabíamos que las reglas se aplicaban asimétricamente. Que los más fuertes se eximían cuando les convenía. Todos contribuimos al vaciamiento. EE.UU., Europa, China, y también los países medios que nos refugiamos en la retórica multilateral sin invertir en que funcionara. Lo que desconcierta no es haber perdido ese sistema. Es el vértigo. Las reglas viejas ya no operan, las nuevas no están escritas, y en ese interregno quien tiene más fuerza impone las suyas. Hay un clamor real de que los sistemas globales funcionen. El problema es que ese clamor no tiene dónde aterrizar.

Rubio apeló a la civilización occidental como cuerpo vivo que necesita recuperar su identidad. Múnich le respondió con ovación de pie. Hay quienes ven ahí una señal genuina de reconciliación. Hay quienes lo leyeron distinto: únanse a Trump o quítense del camino. Y hay quienes observaron que enseguida Rubio voló a Budapest a proclamar una “era dorada” con Viktor Orbán, el líder europeo más cercano a Putin y más distante de la unidad que su discurso invocaba. Su habilidad política es real. Washington movió Venezuela donde los organismos multilaterales no pudieron en años. En tiempos de ansiedad crónica, la eficacia unilateral tiene un atractivo que no se puede descartar.

Carney operó en otra frecuencia. Citó a Havel: el tendero que cuelga un cartel que no cree para evitar problemas. Y luego dijo: es hora de retirar los carteles. Sin nombrar a Trump, nombró la mecánica: cuando una potencia media negocia sola con un hegemón, no ejerce soberanía; la simula. Su propuesta: que los países intermedios dejen de competir entre sí por el favor del más fuerte y construyan masa crítica colectiva. Su modelo es más lento, menos vistoso, pero distribuye el riesgo.

¿Quién tiene razón? Quizás la pregunta está mal planteada. Ambos modelos coexisten y cada país navega entre los dos según su urgencia y su margen de maniobra. América Latina lo sabe: a veces necesitas al hegemon el lunes y autonomía el martes.

Y ahí está la tensión de fondo: la eficacia unilateral resuelve la urgencia, pero los futuros estables se construyen consensuados. La pregunta es si en tiempos de ansiedad crónica tenemos la paciencia para eso.

Lo que Carney propone es menos épico pero más replicable. Y lo interesante es que ya está ocurriendo: Alemania invierte 500.000 millones en infraestructura, Francia abre consulado en Groenlandia, los nórdicos aceleran defensa conjunta. Le aplaudieron a Rubio de pie en el salón. Pero al salir, están firmando lo que Carney propuso. No es lo que aplauden los líderes lo que define el rumbo. Es lo que firman.

Mientras tanto, desconfíen de quien les venda el mundo como tablero cerrado porque lo que necesita es que usted tome partido asustado. Quien le vende impotencia no lo está informando. Lo está adiestrando. El alarmismo no es análisis. Es negocio.

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