"Sé lo que es estar en la calle comiendo basura"

Emilio Córdoba “Lumumba”, espera puntual, a las 17hs, en la esquina de Gobernador Loza y Roca, en el coqueto barrio Santa Rita de Carlos Paz. Para llegar a su departamento primero hay que subir unas escaleras, previo paso por un altar prolijamente montado en un rincón, resguardado de la lluvia y el viento.

El ambiente es pequeño, pulcro, y cuidado al detalle. Lo primero que llama la atención son las fotos. Decenas, cientos, distribuidas en cada pared de la cocina-comedor y la pieza. Todas repiten la misma escena. Lumumba con Moria Casán, Lumumba con Sandro, Lumumba y Silvia Peirut, Lumumba… y el mundo artístico, el mismo que le permitió abandonar la más extrema pobreza.

La verdad aun le duele. En medio de una vida marcada por la ley de la calle, el pasado en su Chascomus de origen lo inquieta. El abandono de su madre y el eterno derrotero para conseguir comida son un fantasma que suele despertarlo por las noches.

“Yo nací en Chascomús, hace 61 años, y quiero saber la verdad. Quiero saber porqué mi madre me dejó abandonado en un Hospital. A mí me crio mi tía. A mi mamá la conocí recién a los 25 años, pero en ese momento yo ya no la consideraba mi madre. Crecí con mis hermanas, que eran de diferentes padres. Pero no me querían”.

 

¿Fue dura tu niñez?

Mi tía crio más de veinte nietos y los mantenían como podía. A los ocho años, yo iba todos los días a buscar leña a la carpintería en un carrito y a la noche lustraba zapatos para juntar unos pesos y poder comprar comida para la casa. También vendía el diario La Razón, que en esa época venía con la revista Siete Días. Una noche, a la una de la madrugada estaba con unos amigos esperando La Sexta, que traía los resultados deportivos del fin de semana,  y llegó un policía y nos metió preso, porque éramos menores de edad y estábamos vendiendo.

¿Dónde dormías?

Dormí cinco años con los cirujas en los trenes de carga porque cuando volvía a mi casa sin plata, mi primo, que era alcohólico me pegaba. A veces iba a dormir a la casa de gente a las que le golpeaba la puerta y me daba un lugar. Yo me crie en la calle con lo que la gente me daba. Ricardito Alfonsín me regalaba ropa cuando iba a pedir al Club Social de Chascomus, donde iba la gente de plata.

¿Cómo terminaste en un circo?

Un día llegó un circo a Chascomús y como yo necesitaba escapar de esa realidad, me metí escondido entre las lonas y los hierros y terminamos en Mar del Plata. Yo ya tenía 15 años y seguía viviendo de lo que me daba la gente.

Con el circo estuve dos años. Limpiaba, barría, hacía mandados, volanteaba. Estando en Mar del Plata, a veces dormía en la playa, tapado con la arena, o en el piso del Campo de Deportes. Un día tenía mucho hambre y fui a un restaurante. El dueño me dijo que volviera más tarde, que a lo mejor sobraba algo, y cuando me iba, un cliente se me acerca y me invita a su mesa a comer un sándwich de milanesa grandísimo. Cuando terminé de comer lo agarré de los cachetes y le dije “gracias gordito”. Entonces el mozo me llama y me dice: “¿Sabés quién es ese señor? Anibal Troilo.

Después fui creciendo y me compré un traje de payaso, porque mientras estuve con el circo aprendí muchas cosas. Yo tenía unos 22 años y decidí ir a dedo hasta Posadas, porque quería cruzar a Brasil. Me decían que allá las cosas estaban mejor. De Posadas crucé a Encarnación en balsa y después llegué a Asunción, donde tuve que vender el saco que llevaba puesto para poder comprar un viaje en micro a Brasil. Llegué primero a San Pablo y un camión me llevó hasta Río de Janeiro.

¿Cómo era vivir en Brasil?

Estuve un tiempo durmiendo donde podía, siempre cuidándome de no dormir en plena calle, porque en ese tiempo circulaban los rumores de los escuadrones de la muerte de la Policía, que hacían desaparecer a los que dormían en la playa o en la vereda.

De Río me fui a Uruguayana y cruzaba todo el tiempo. Vendía cosas del lado argentino y cruzaba a Brasil a dormir, porque me salía más barato.  Con la plata que junté, compré un regalo muy grande y volví a Chascomus, con mucha ilusión. Fui a mi casa a visitar a mi abuela, con el regalo bajo el brazo, ya con 24 años, y me enteré que había muerto.  Estaba muy mal, porque en ese momento me había dado cuenta que no me había quedado nadie en mi familia. Entonces seguí viajando por Tandil, Comodoro Rivadavia, La Pampa, siempre a dedo.

¿Superaste el pasado?

Las fiestas me ponen mal, lo mismo que el día de la Madre. Durante muchos años los pasaba tirado en cualquier playa, con un pedazo de pan duro, sin nada más para comer y no tenía a nadie a quien abrazar. A mi padre lo vi una sola vez a los 18 años y nunca más lo vi.

Hace unos 10 años empecé a aceptar las fiestas, cuando la gente amiga me empezó a invitar a sus casas. Acá tengo gente que me quiere mucho y me ayuda, como Claudio Manassero, Vivi, que fue mi primera garantía en Carlos Paz para que yo pudiera alquilar un lugar donde dormir. A Esteban Avilés, que siempre me trató bien, desde que tenía una tienda de ropa en la calle Lisandro de la Torre. Al Pai Ruiz, que me salvó la vida, porque yo era alcohólico. A veces, en la puerta del Teatro Bar, me quedaba dormido en el piso de lo borracho que estaba. Toda esa gente me dio, cuando yo ya era grande, el cariño que nunca tuve de chico.

¿Quién te puso Lumumba?

Una vez, en Santa Teresita, estaba muerto de hambre y veo a un señor pintando el teatro. Me acerco y le pregunto si tenía trabajo para ofrecerme. Y me ofrece repartir volantes. Tenía que llevar colgando un cartel de chapa, pesadísmo, y recorrer 30 kilómetros bajo el sol, en la arena, desde Santa Teresita a Mar de Ajó.

Cuando vuelvo, todo quemado, lleno de ampollas, este señor que pintaba el teatro me mira y me dice: “Mirate que negro que quedaste, parecés el negro Lumumba (por Patrice Lumumba, Primer Ministro congoleño de la época)”. Ese señor era nada menos que Rodolfo Ranni.

¿Y lo de chimentero, también por Rodolfo Ranni?

No, en realidad la persona que me recomendó que me meta en los chimentos era mi enemiga más grande en el mundo del espectáculo, Silvia Suller. En esa época, repartiendo volantes, yo hacía giras completas con los famosos, sentado en el asiento de al lado del colectivo. Y me enteraba de muchísimas cosas, que después contaba en la radio o donde podía.

¿Cuándo decidiste venir a Carlos Paz?

Una vez, en las Termas de Río Hondo, yo estaba disfrazado de Mario Baraku, volanteando en la calle y dos tipos me empiezan a cargar. Yo me había enojado y los quería pelear. Entre bromas, me dicen: “Vos tenés que estar trabajando en Carlos Paz”. Esas dos personas eran Pablo Cava y Mario Testi. Ellos fueron los que me trajeron acá, en octubre de 1982 y ya me quedé definitivamente.

¿Y el periodismo?

Yo se que no soy periodista. Empecé haciendo notas El Corralón, un restaurante de Buenos Aires adonde iban los artistas. De Carlos Paz me iba a dedo a Buenos Aires. Todo me costó muchísimo, a mi nadie me regaló nada. Es muy feo pasar tanta hambre y tanta miseria. A veces me cruzo con algunos que me dicen que están muertos de hambre y yo me río, porque no saben lo que es realmente no tener nada para comer.  Yo pasé cuatro y hasta cinco días casi sin comer. Cuando iba a la escuela, que no pude terminar, muchas veces me quedaba dormido en clase, porque trabajaba hasta tarde pero también por el hambre.  Yo sé que soy analfabeto, más allá de que se leer y escribir, reconozco que lo hago mal. Y es porque no tuve educación. No tuve un padre y una madre que me aconsejaran. Yo sé lo que es estar en la calle comiendo basura y no tengo miedo de volver a dormir debajo de un puente.

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