"Mi papá era un sádico y un psicópata"

- ¿Por qué acompañaste a tu hija?

Vine porque pensé que debía acompañarla a un lugar donde su abuelo fue jefe.  Ella se va a encontrar con una realidad que ya sabía y conocía. Pero va a ver físicamente donde hubo gente detenida, torturada, violada. Eso iba a ser un choque muy grande para ella. Sin embargo, con lo que yo hice puede venir con la frente en alto. Creo haber limpiado la culpa que quieran cargar sobre mis hijas.

Es martes 18 de agosto de 2015 y no es un día más en la vida de Luis Alberto Quijano (54). La menor de sus hijas, de 17 años, llegará por primera vez a La Perla acompañada de sus compañeros de curso y ubicará espacialmente aquellos tétricos lugares donde su abuelo era un engranaje clave de la máquina de torturar y matar que funcionaba en este espacio. Es una de las habituales visitas que los colegios realizan al ex Centro de Detención Clandestino ubicado a la vera de la autopista que une Córdoba con Carlos Paz, hoy devenido en Museo de la Memora, la Verdad y la Justicia.

Para entender esta historia hay que remontarse a 1976. Con apenas 15 años, Luis pisó por primera vez La Perla obligado por su padre, también Luis Alberto  Quijano, “El Ángel”, un represor fallecido hace tres meses, procesado por haber participado de al menos 98 asesinatos y unas 154 sesiones de tortura durante la última dictadura militar.

Aquella fue la primera de cuatro oportunidades en las que fue obligado a trabajar en este espacio. Su trabajo diario, en realidad, la hacía en el edificio del Departamento de Inteligencia. “El Angel” le había encomendado la tarea de destruir toda la documentación que se robaba a los detenidos. Documentos, libros, papeles, todo era pasado por la trituradora para no dejar pruebas.  

¿Sabías algo de lo que pasaba en ese momento?

Sabía. Pero no tenía el concepto que tengo ahora, siendo adulto. Mi concepto era que no estaba bien. Pero no tenía un parámetro entre lo bueno y lo malo para dirimir lo que estaba pasando exactamente, era muy chico.

¿Qué tarea te daban?

A La Perla fui traído en cuatro ocasiones cuando era chico, pero en el Destacamento de Inteligencia destruía documentación de los detenidos con una máquina de picar papeles. Lo hacía todos los días, entre las dos de la tarde y las diez de la noche.

¿Qué veías en ese sub mundo?

En una primera ocasión, mi padre me trajo en un Falcon y me dijo que lo esperara. Se puso hablar con el zorro Acosta y yo me puse a observar todo por primera vez desde el auto. En otra oportunidad, fuimos al garaje, mi padre  me entregó una manta atada con cables. Me dijo que la lleve al auto. En el camino me puse a hablar con un gendarme y mientras lo hacía pude asomarme adonde después supe que era la sala de torturas. Salía un olor muy fétido. Calculo que era producto de la angustia de la gente. Ese mismo olor lo sentí muchos años después en la celda de mi padre, cuando estaba prisionero.

Con tan solo 15 años, también pude llegar a la puerta de La Cuadra, donde vi personas sentadas y acostadas boca abajo. Era traumático y muy fuerte, casi tanto como cuando mi padre me obligaba a escuchar los cassettes con las sesiones de tortura.

¿Fue una decisión sólo de tu padre o había otros hijos de militares haciendo las mismas tareas?

Fue decisión de mi padre, pero también responsabilizo a todos los miembros de la OP3. Alguien tendría que haber puesto una cuota de cordura al ver que un chico de 15 años estaba presenciando todo eso.

 

La decisión. No hubo un instante preciso de quiebre, quizás tampoco un día exacto de tomar la decisión. Más bien fue un proceso que decantó por sí solo y que tuvo su corolario en 2007, cuando se mudaron a Carlos Paz. Una mañana Luis se paró junto a su padre y le contó la decisión que había madurado durante años: si alguna vez se llegaba a un juicio por los crímenes cometidos en La Perla y otros centros de detención cordobeses, él estaba dispuesto a declarar en su contra y a contar lo que había visto durante cada día que fue obligado a trabajar.

Y ese momento llegó cinco años más tarde, con la megacausa La Perla. Ante el Tribunal, Luis Quijano contó, con precisión orfebre, cada detalle que su padre le dejó conocer en La Perla y el Destacamento de Inteligencia y se convirtió en un caso sin precedentes en el país: por primera vez, un hijo declaró en contra de su padre biológico en un juicio por crímenes de lesa humanidad y además puso a disposición de la Justicia cada uno de los elementos robados a los detenidos, que logró resguardar con los años.

¿En qué momento despertó en vos la decisión de declarar en contra de tu padre?

A partir de los 40 años calculo, empecé a tener una especie de maduración de la idea. En 2007 discutí con mi padre cuando volví de Europa y me despedí de él, diciéndole que nunca más lo iba a ver en vida. Ahí fue cuando me dije, de alguna forma, esto se tiene que saber. Y al cabo de unos años decidí hacerlo.

¿Fue duro?

Sí, fue duro y lo sigue siendo. Todavía siento una serie de choques internos porque por un lado estás declarando en contra de tu padre, pero por otro lado estás reconociendo que era un delincuente y un criminal. Lo pensé bastante, pero primó en mí la verdad.  Todo esto me trajo problemas con mi familia. De aquella familia no me queda nadie.

¿No te arrepentís de haber declarado?

No, para nada, porque nunca me sentí cómodo ni parte de esa familia.  Mi madre también fue cómplice y coparticipe, porque disfrutó del dinero que robó mi padre y de muchas otros bienes materiales.

¿Te hubiera gustado que tu papá llegue vivo al juicio?

Sí, pero tuvo su infierno. Desde 2004 estuvo preso y mi madre lo dejó en 2007. Y psicológicamente eso para él fue demoledor. De todas maneras, hubiera sido bueno que le cayera una sentencia.

¿Están todos los culpables en el banquillo de los acusados?

Yo creo que falta gente, pero al menos yo tengo la tranquilidad de haber dicho todo lo que conocía.

¿Alguna vez supiste donde fueron a parar los desaparecidos de La Perla?

Escuché que acá se trajeron máquinas para desenterrar las fosas comunes, que se molía todo lo que había dentro y luego se lo cargaba y se lo llevaba a otro lado. Mi padre decía que nunca se iba a encontrar nada, pero yo creo que tiene que quedar alguna evidencia.

¿Cómo definirías a tu padre?

Tenía una personalidad muy jodida y era muy autoritario. Tenía una dualidad: mezclaba cosas de grandeza con crueldades muy grandes. En líneas generales, era un sádico y un psicópata lúcido.

¿Lo perdonarías?

Yo le dije que no le guardaba rencor. En realidad, no siento nada tampoco. A mí me hizo mucho daño en su momento y la familia que constituyó la destruyó también.

 

“Trofeos de guerra”. La presencia de Luis Quijano ante el Tribunal de la megacausa no sólo se valoró por declarar en contra de su padre biológico, sino porque además pudo poner a disposición de la justicia y los familiares de desaparecidos, una serie de elementos que “El Angel” guardaba como botín de guerra en su antigua casa, más otras cosas que Luis se escondió dentro su ropa cuando se las daban para que las destruyera.

- Cuando me daban la documentación para destruir me quedé con algunos libros que escondía y llevaba a mi casa para leerlos. Mi padre me descubrió una vez y me preguntó porque leía literatura subversiva. En ese momento zafé diciéndole que para combatir al enemigo primero había que conocerlo. Pero en realidad eran libros comunes. Otra vez, cerca de Plaza España, un gendarme me hizo abrir la campera y me descubrió una estrella de montoneros y otras cosas que me había guardado, pero me dejó seguir cuando le dije que era hijo de “El Angel” Quijano.

Entre otras cosas que Luis pudo conservar, hay una caja de rotring, recuperada después de que el 4 de diciembre de 1975, una patota del Comando Libertadores de América (versión cordobesa de la Triple A), secuestrara a cinco estudiantes bolivianos, uno peruano, dos cordobeses y un rosarino y los fusilara. Sin embargo, a uno no lo vieron y sobrevivió.

¿Crees que a partir de tu caso, otros hijos biológicos pueden animarse a denunciar a los padres que participaron de la última dictadura?

Lo que espero es que los que tengan algo lo devuelvan y los que sepan algo, lo digan. Por caso, me hubiera gustado mucho poder decir adónde fue a parar una nena de dos años que mi padre casi trae a mi casa, después de robarla de La Cuadra. Era hija de un hombre al que llamaba el Negro Lito.  Si se la hubiese quedado, hubiese vivido con ella toda la vida. Hoy ya debe ser una persona adulta y no estoy seguro que sepa la verdad sobre sus verdaderos padres.

1)- Lápices Rotring, de un grupo de estudiantes de arquitectura asesinados en diciembre de 1975. 2)- Libro que el hijo de Quijano pudo rescatar cuando lo enviaban a destruir las pertenencias de los detenidos. 3 y 4)- Casettes originales de canciones de propaganda del franquismo o los camisas negras de Benito Mussolini y  Adolf Hitler. Quijano los escuchaba los fines de semana. 5)- Estrella federal –que usaba Montoneros- tallada en madera. En el dorso, con algún filo, inscribieron la leyenda “libres o muertos”. 6)- Condecoración para el “Angel” Quijano, firmada por Jorge Rafael Videla, en “reconocimiento” por haber sido herido en “operaciones” contra “delincuentes subversivos”. 7)- Carcasa de una granada montonera. La sacó del Destacamento de Inteligencia 141 de Córdoba. 8)- Acolchado usado en las escopetas de Montoneros.

 1)- Lápices Rotring, de un grupo de estudiantes de arquitectura asesinados en diciembre de 1975. 2)- Libro que el hijo de Quijano pudo rescatar cuando lo enviaban a destruir las pertenencias de los detenidos. 3 y 4)- Casettes originales de canciones de propaganda del franquismo o los camisas negras de Benito Mussolini y  Adolf Hitler. Quijano los escuchaba los fines de semana. 5)- Estrella federal –que usaba Montoneros- tallada en madera. En el dorso, con algún filo, inscribieron la leyenda “libres o muertos”. 6)- Condecoración para el “Angel” Quijano, firmada por Jorge Rafael Videla, en “reconocimiento” por haber sido herido en “operaciones” contra “delincuentes subversivos”. 7)- Carcasa de una granada montonera. La sacó del Destacamento de Inteligencia 141 de Córdoba. 8)- Acolchado usado en las escopetas de Montoneros.

 

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