12 años sin Gatic, un símbolo de La Calera

El 31 de agosto de 2001, unos 300 operarios de la ex fábrica  de calzados Gatic de La Calera recibían el telegrama de despido. Era el final anunciado de una historia que había empezado a desmoronarse seis años antes, con la libre importación de bienes impuesta por el ex ministro de Economía, Domingo Cavallo.

La indiscriminada apertura de la aduana argentina terminó por aniquilar unas 1.300 industrias nacionales, que se rindieron ante la desigual competencia con los precios de la manufactura extranjera, especialmente asiática.

El final de la fábrica de La Calera fue uno de los últimos de las 16 naves con las que contaba la empresa en todo el país. El cierre fue progresivo. Primero cedieron las más pequeñas, destinadas al armado final del calzado, después las de mediana complejidad, y por último las mejores equipadas, donde Gatic innovaba con productos de alta gama.

En unos pocos meses, unos 7.500 trabajadores pasaron de formar parte de una de las industrias de calzado más modernas del continente, a engrosar la lista de desempleados que creaba el nuevo sistema aduanero.

En la calle quedaron trabajadores cincuentones, que habían iniciado el camino junto a la empresa a principios de los ‘70 . Era mano de obra poco capacitada para las nuevas disposiciones del mercado y con una larga vida laboral por delante. Un grupo reducido de los despedidos pudo seguir en el rubro, incorporándose a otras líneas de calzado.

“El resto tuvo que subsistir de trabajos informales y padecer las consecuencias sanitarias que implica un despido. Quedarse sin trabajo a una edad avanzada no supone sólo perder una fuente de ingresos económicos, sino también un impacto para el estado anímico del obrero, que encima debe resignar las coberturas de salud”, explica el doctor Emilio Iosa, que realizó un estudio sobre las consecuencias sanitarias del masivo despido en La Calera, hace 12 años.

 

Pionera. Gatic comenzó como un taller de calzado en el porteño barrio de Parque Patricios. Lo inició Eduardo Bakchellian, un descendiente de armenios que terminó por marcar una bisagra en la industria del calzado nacional.

Fue durante un viaje a Alemania, acompañando a una comitiva de empresarios argentinos, que conoció Adidas y decidió traerla a nuestro país. La historia de Gatic, al fin y al cabo, es la historia de la irrupción en Argentina de la marca de calzados más importante del planeta.

En su libro “El error de ser argentino”, Bakchellian detalla cómo un taller de zapatillas creció hasta contar con 16 fábricas instaladas estratégicamente en pequeñas localidades a lo largo y a lo ancho del país. Ninguna de ellas en Capital Federal, a pasar de las ventajas impositivas que esto suponía.

Durante medio siglo de producción, Gatic fue la primera empresa en conseguir la licencia de Adidas, New Balance y Reebok. Además, hizo furor en el mercado con las suelas Vibram y los zapatos para chicos Bubble Gummers, antes de fabricar una de las pelotas de fútbol más conocidas y utilizadas de la historia. La “Tango”, que fue el balón oficial del Mundial de Argentina en 1978, también se fabricaba en La Calera, con mano de obra cordobesa, para luego ser exportada al mundo.

Bakchellian intentó lo imposible cuando las importaciones inundaban el mercado nacional. Buscó competir con más producción ante el aluvión de productos extranjeros con un costo sensiblemente menor del que podía fabricarse en el país. El resultado fue el esperado. Las industrias perdieron competitividad y empezaron a caer de a decenas. Y s Gatic extendió su agonía fue por la relación que su dueño mantenía con el ex presidente Carlos Menem, lo que le permitió acceder una y otra vez a créditos del Banco Nación que resultaron infructuosos.

El destino de Gatic fue el de otras tantas industrias argentinas.  Un monstruo que llegó a facturar 230 millones de dólares anuales estaba en las puertas de su desaparición.

Enfermos de desempleo. Al capitán Oliva, como lo llamaban los compañeros, le duele de sólo contarlo y se le rebalsan los ojos cuando se acuerda del telegrama de despido en la puerta de su casa, el 31 de agosto de 2001. En cierta manera ya lo veía venir, pero el momento igual golpea después de 37 años trabajando en la misma fábrica.

“Don Eduardo (Bakchellian) era una excelente persona. Venía a la fábrica, hablaba con los obreros y nos contaba cómo iba la empresa. Pero antes de cerrar, Gatic quedó en manos de los hijos y nos engañaron diciendo que nos iban a pagar todo y jamás lo hicieron”, cuenta.

Al poco tiempo del despido, Oliva soportó tres pre infartos y la partida a Miami de sus hijos, que también trabajaban en la fábrica y emigraron en busca de mejores oportunidades. Para ningún obrero fue fácil los años posteriores.  Un estudio que realizó la Fundación Deuda Interna revela que en el 82% de los trabajadores despedidos, Gatic La Calera representaba el principal ingreso económico de sus hogares.

La mitad de los ex empleados debió subsistir con changas informales mientras que un 30% además soporta restricciones pulmonares debido a la inhalación crónica de solventes orgánicos.

“A pesar de que las decisiones políticas y económicas de las décadas de los años noventa no se metieron en los pulmones de los trabajadores, y que si se juzga desde el punto de vista estrictamente científico, no puede asegurarse que hubo relación causal entre las cuestiones citadas y el deterioro de la situación socio sanitaria de los trabajadores, es importante discutir sobre la posible relación de la política, la economía y la globalización y los daños evidenciados en los trabajadores, tanto en su vida como en la de sus familiares, como en la función de sus pulmones”, explicó Iosa al semanario La Jornada.

 “Si tenemos en cuenta que para el 82% de los trabajadores el empleo en la fábrica era el único sustento económico de su familia, esto bien podría relacionarse con un daño económico brusco. Pero el despido, además, trajo aparejado un daño sanitario, ya sea por las condiciones de trabajo a las que se vieron expuestos durante tantos años, como por su realidad actual, que los encuentra sin obra social ni cobertura médica”, agrega.

“El cierre de Gatic nos dejó vacíos por dentro, sin la esperanza de poder resurgir alguna vez. Hoy, la fábrica donde funcionaba Gatic está tan destruida como nosotros y los compañeros están desilusionados y sin ganas de luchar”, expresa Lidia, ex operaria de la planta de La Calera.

Aunque hasta 2007 no se cansaron de marchar y reclamar en los pasillos de la Justicia, los 300 despedidos apenas si llegaron a cobrar la primera cuota del plan de deuda con el que la empresa se había comprometido a pagar las indemnizaciones.  El resto quedó en el olvido, como aquel galpón que supo ser el motor de un pueblo que latía al ritmo de su producción.

Compartir

Últimas Noticias