Paso a paso, así matamos al lago San Roque

 La proliferación de algas, verdes y azuladas, y el olor nauseabundo que invade cada rincón de Carlos Paz ganan espacio en las charlas de bar y se vuelven tema cotidiano y recurrente.

Cómo no serlo si está a la vuelta de la esquina. Lo ven los turistas que recorren el centro y se topan con la desembocadura del río San Antonio totalmente verde. Se padece a lo largo de la costanera, con rincones atestados de basura y una especie de alfombra multicolor que hasta hace dudar que sea agua lo que baña las costas.

Aunque es habitual en esta época del año, cuando la escorrentía de los ríos aminora y el embalse entra en una etapa de estancamiento, esta vez, el proceso de eutrofización parece haber llegado más lejos que nunca y deja ver su peor cara, incluso en sectores en los que jamás apareció.

Ya no solo es el olor y los peces muertos, ahora es una paleta de colores que aflora a la superficie y que despierta la sensación de peligro. ¿Qué se esconde detrás de un cambio tan radical? ¿Es seguro convivir con ese fenómeno? Y lo más trascendental ¿Qué hicimos para estar cómo estamos?

Historiadores y biólogos coinciden en que es difícil explicarlo desde una sola perspectiva, pero si es posible trazar una línea de tiempo, con acciones, omisiones y decisiones equivocadas que fueron determinantes para llegar a este presente.

 

El comienzo. Cuando el lago San Roque aún cumplía con el único propósito de abastecer de agua potable a la ciudad de Córdoba, a mediados de la década del 50 irrumpieron las primeras embarcaciones. Turismo Lago San Roque fue la empresa que descubrió aquí una oportunidad de negocios. Los visitantes cordobeses que empezaban a conocer el paraje serrano, aprovechaban los fines de semana para recorrer el lago en rudimentarios barcos. Fue el inicio de una actividad que se multiplicó con los años y que llegó a incluir hasta carreras náuticas. El biólogo Raúl Montenegro, de Funam, apunta que un embalse de abastecimiento, como lo es el San Roque, debió minimizar desde el principio este tipo de actividades, más aún cuando se trata de lanchas y motos de agua con motores de dos tiempos altamente contaminantes.

A comienzos de los ´60, el automovilismo vio en Carlos Paz la sede para muchas de sus competencias de larga duración. La ciudad empezó a cobrar notoriedad nacional por sus paisajes y experimentó la primera explosión demográfica. Los lotes se vendían a precios bajísimos en el mercado y las edificaciones se expandieron casi sin regulaciones.

“Eran tiempos en los que los jefes comunales e intendentes tenían muy poca idea de urbanización. La gente llegaba con dinero en mano y compraba las tierras sin mayores reparos”, cuenta Eldor Bertorello, historiador local. Esta expansión significó el comienzo del mayor problema que hoy afronta el lago. Las casas y chalets se multiplicaron en apenas un puñado de años en una localidad que no había reparado en trazar siquiera un metro de red cloacal. Los desechos domiciliarios iban a parar a pozos o directamente a la calle. Así se inició el proceso de contaminación del suelo que más tarde afectaría al embalse.

 

Más comercios, más contaminación. En la segunda mitad del siglo XX, la gastronomía acompañó el crecimiento de la ciudad con la instalación de bares y restaurantes en la zona céntrica, sumado a la aparición de cada vez más hoteles.

“Es en ese momento de auge comercial cuando se hace el primer sistema de cloacas. En realidad era una mini red, muy elemental, que ni siquiera servía de mucho, porque todos los desechos iban a parar a una gran cámara séptica ubicada detrás de donde hoy está el Banco de Córdoba, que igual contaminaba el lago”, cuenta Bertorello.

La red abarcaba apenas el centro de Carlos Paz, donde se concentraban la mayoría de los locales comerciales, y perseguía más bien el fin estético de evitar que los desperdicios cloacales se viertan en la vereda y a la vista de los visitantes.

Mientras el lago debía soportar estas primeras olas de contaminación, la montaña de residuos urbanos también empezó a presentarse como un problema para las napas.

En 1957, el primer basural, ubicado donde hoy se asienta el cementerio municipal, era apenas un depositario sin ningún tipo de tratamiento especializado. Después de algunos años, el rechazo y el pedido de los pobladores de la zona, obligó a trasladarlo al ingreso norte a Carlos Paz.

Hoy Carlos Paz y la región sur de Punilla generan unas 150 toneladas diarias de basura que son sometidas a un enterramiento sanitario en el predio de Costa Azul. Esto genera serios inconvenientes para el medio ambiente y el lago Carlos Paz, por la combustión constante de los residuos y la contaminación profunda del suelo.

 

Aceites y algo más. A finales de los 60, Carlos Paz encontró nuevos atractivos de la mano de los teatros, y así terminó por explotar su faceta gastronómica con restaurantes que surgían de la noche a la mañana, a tono con la demanda y como complemento del nuevo imán turístico.

“Eran épocas doradas para el turismo y la explotación comercial, pero no existía demasiada conciencia sobre el cuidado del medio ambiente”, sigue Bertorello.

Los aceites y químicos que se usaban para la cocina se tiraban a la calle al final de la noche y las empresas desagotadoras que llegaban especialmente desde Córdoba, no reparaban en arrojar los desperdicios a la costa del lago”, cuenta Juan Altamirano, mozo y lavacopas durante aquellos años, hoy radicado en Cosquín.

 

Ríos no tan cristalinos. A mediados de los 80, el proceso de contaminación del embalse que parecía ser exclusiva responsabilidad de Carlos Paz, se trasladó a los ríos serranos, a partir del abrupto crecimiento de pueblos y localidades sobre las cuatro sub cuencas del lago San Roque.

El desarrollo inmobiliario en la zona transitó los mismos pasos de Carlos Paz. En medio de la demanda, la facilidad de acceso a los lotes hizo de San Antonio de Arredondo hasta Cuesta Blanca una franja de terreno muy apetecible para los inversores y familias que llegaban en busca de tranquilidad. Lo mismo en la sub cuenca norte del Río Cosquín, con cordobeses, santafesinos y porteños que descubrieron La Cumbre, Capilla del Monte, La Falda, Bialet Massé y no dudaron en asentarse para dejar atrás el caos de las urbes.

De esta manera, los ríos empezaron a evidenciar los primeros síntomas de los nuevos asentamientos y el lago comenzó a ser contaminado a diario, ya no solo desde sus costas, sino también desde sus afluentes.

El proceso de contaminación de los ríos, que hasta ese momento jugaba un papel secundario en el deterioro del embalse, empezó a cobrar un rol preponderante. El crecimiento demográfico y comercial a lo largo de las cuencas impactó de lleno sobre la calidad del agua y los incendios serranos dejaron de ser el único factor que incidía negativamente sobre cada uno de los ríos tributarios.

“Los incendios, cada vez más habituales, aportan a los ríos fósforo  que contribuyen a su deterioro y fueron siempre un factor para nada despreciable si tenemos que explicar por qué el lago está como está”, cuenta Montenegro.

A esto hay que sumar que el desarrollo de la zona norte de la cuenca incluyó hectáreas de plantaciones (especialmente de papa), que paulatinamente escurrieron sus pesticidas y plagicidas a los arroyos y luego a los ríos.

 

Sin control. En el año 1984, un relevamiento realizado por Funam ya daba cuenta del deterioro que sufría el lago San Roque. Entre pescadores de la zona y biólogos de la fundación llegaron a contabilizar unas 500 descargas clandestinas de líquidos cloacales crudos que iban a parar directo sobre las costas del embalse.

En plena montaña, a varios kilómetros de distancia pero dentro de la misma cuenca, también a mediados de los 80 se abrió oficialmente la mina de Uranio de Los Gigantes, que permaneció activa hasta 1989. Durante ese período supuso un foco infeccioso constante para los arroyos El Cajón y Cambuche, que más abajo confluyen en el río San Antonio. Pero la contaminación no cesó con el cierre de la minera, sino que continúa hasta la actualidad, porque la mina jamás fue remediada y los desechos de uranio y cromo siguen escurriendo con cada lluvia.

 

A mitad de camino. A pesar de que Carlos Paz tuvo un primer esbozo de redes cloacales en la década del 60, hubo que esperar hasta el año 2002 para que los afluentes que se devolvían al lago tuvieran antes el adecuado tratamiento sanitario.

Una chopera instalada en la costa del embalse y las primeras conexiones domiciliarias de cloacas permitieron tratar hasta 500 mil litros diarios de agua por día en 2008. Pero el plan de tendido de redes no funcionó como se esperaba y la desfinanciación de la obra obligó a paralizarla por completo, con más de la mitad de la ciudad sin conexiones.

De acuerdo a los registros de la Cooperativa Integral (Coopi), en la actualidad el 50% de los afluentes domiciliarios son derivados a la planta de tratamiento de Costa Azul y luego devueltos al lago. El 50% restante, que representa unos 10 millones de litros diarios, termina en pozos domiciliarios o cámaras sépticas, que a la larga contaminan las napas y terminan filtrándose hacia el embalse.

“El número es importante, no lo podemos negar, pero si queremos pensar realmente en sanear el lago, lo primero que tenemos que hacer es atender las cuencas y evitar la contaminación de todos los ríos”, afirma Juan Sola, especialista de la Coopi.

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