Una vida de circo, sin carpa

El piso es extraño. Está formado por una especie de delgadas colchonetas de colores que se incrustan como un rompecabezas por encima del suelo. Del techo cuelgan telas, muchas, firmes, pensadas para soportar el peso del más fornido de los acróbatas. De fondo, un equipo de música reproduce un hit del rock nacional moderno mientras la estufa empieza a hacer su trabajo en la gélida noche del jueves 11 de julio.

No es un ensayo más en la sala de calle Alsina, a metros del incesante devenir de autos de la Ruta 38. Apenas unos días antes, el circo Piskui se lució en la apertura de la Fiesta Provincial de la Nieve, en Malargüe, Mendoza. Hoy es el turno de ver el video de aquel desempeño.  Es momento de repasar errores, de reforzar conceptos y, de paso, hablar, un aspecto clave en la vida de esta micro comunidad.

El circo Piskui se formó en los espectáculos de calle, a la gorra, de la mano de María Moyano y Ricardo Corso. Nació porque estaba predestinado a hacerlo, creció porque la gente se agolpaba para seguirlo todas las noches de la temporada carlospacense y se fortaleció porque sus creadores se encargaron de darle vida. El circo municipal Piskui es un circo con todas las letras… aunque sin carpa.  Su historia es la de una disciplina que supo perdurar  y que se adaptó a los tiempos modernos.

 

Una familia. María Moyano trae consigo la cultura circense.  Como telista y contorsionista, acompañó carpas durante años y conoce lo que es pasar los días sin nada más que pensar en la rutina.

“Yo era viajante, iba a todos lados con la carpa. Viví mucho tiempo en circos que viajaban sin parar. Estábamos dos semanas en cada lugar y nos íbamos. Nunca llegábamos a conocer a nadie. Los circos son como ciudades dentro de las mismas ciudades”, cuenta a Crónicas del Día.

La vida de circo no es para cualquiera. Se viaja con lo justo y necesario, para que las mudanzas sean ágiles y rápidas. Se aprende a hacer de todo y hay contados intercambios. “Muchas veces, las comunidades que se forman son muy cerradas y es difícil el contacto”, relata.

Pero en el Piskui las cosas son diferentes. El diálogo abunda, se evitan los enfrentamientos y se funciona como una familia que llega a tener hasta 45 integrantes. Aquí cada uno de los alumnos tiene su vida y se toma los ensayos de manera diferente. Un puñado, que se dedica full time a la rutina, se sube al colectivo y forma parte de todas las presentaciones en Córdoba y el país. El resto, asiste a las prácticas semanales, pero lo vive como un momento de dispersión en medio de su agenda y su trabajo.

Hay malabaristas, clowns, telistas, contorsionistas, equilibristas y cantantes. Entre todos dieron forma a un espectáculo que nació en Carlos Paz en 2006 y hoy empieza a exportarse a varios destinos argentinos.

 

De importación. María no está sola. Aparte de los alumnos, dirige el Piskui junto a Ricky, malabarista y clown ante el público, pero un hombre tímido ante los micrófonos.  Con él también comparte a Franco y Facundo, sus dos hijos de 3 y 6 años que respiran circo las 24 horas del día.

“Cuando tienen ganas, como siempre están jugando con las cosas que ensayamos, suelen aparecer en los espectáculos. Pero hay veces que no quieren y los dejamos tranquilos. Nunca le impusimos las prácticas. En realidad, las adoptaron porque les gusta”, dice Ricky.

Se dejó seducir por la disciplina cuando presenció un show en la Costa Atlántica y a partir de ahí comenzó con talleres y escuelas. Primero fue en Buenos Aires, después el Centro Cultural Rojas, siguió con la escuela de Circo de Berazategui hasta que emigró seis años a Europa en busca de buenos maestros.

“Me fui perfeccionando en Alemania y en España. Primero haciendo malabares y después haciendo talleres para payasos”, se acuerda.

Todo el día. “Nuestra vida está dedicada a que todo esté cubierto. Hacemos todo. Hemos conseguido una sede donde instalarnos y desde aquí sale pare del circo para todos lados”. María lo cuenta con orgullo.

El Circo no sólo es un anhelo conseguido, sino también su medio de vida.   

“Vivimos re bien. Es muy difícil para el artista vivir de lo que hace, porque el artista no es necesario. No es el que vende pan. Para lograr esto primero tuvimos que convertir nuestro producto en algo necesario y seductor”, relata.

Los shows no se detienen. Mientras se presentan todo el tiempo en Carlos Paz, empiezan a recorrer otros destinos.  Llegaron hace poco de Mendoza y los espera Santiago del Estero. Después vendrá La Carlota y el Centenario de la villa antes de que comience agosto, el mes del niño, con lo que eso implica para un espectáculo circense.

Metas. Los objetivos van cambiando casi tan rápido como el desarrollo del circo. De aquellas ansias de subsistir en 2006 a ser un semillero de artistas en 2012. Para este año,  el anhelo son las grandes presentaciones. Ya hubo una en Malargüe, con el público aplaudiendo de pie y las radios sureñas hablando maravillas.

“Escuché en la radio que estuvo espectacular lo del circo de Carlos Paz. ¿Sabés si van a volver?”, le dijo el taxista a una de las integrantes de la comitiva de Cultura que viajó desde aquí para presenciar la presentación del Piskui.

“Vamos cambiando el objetivo según como vienen el año. Ahora, además de las grandes presentaciones, queremos formar artistas”, dice María.

Mientras termina la charla el contexto muestra una gran familia. Franco y Facundo jugando sobre colchonetas, un grupo de chicas que toma mate cerca de la puerta y cuenta que se vieron en un noticiero local, cuando hablaban de la performance de los artistas locales en Mendoza. Uma, una perra bóxer que es la mascota del lugar, va de aquí para allá y se le para en dos patas a cada uno que cruza la puerta.  

El circo está vivo, y en Carlos Paz goza de muy buena salud.

 

Fotos: Hernán Fogliatto

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