A los 58 años, Nora Santucho se convirtió en hija

Hay que esperar para conocer a Nora Santucho. Sucede que no estaba preparada para recibir visitas porque la entrevista surgió de la nada en medio de una tarde gris de un lunes casi otoñal. Por teléfono, Santiago Gutiérrez, el hombre que en febrero cruzó a nado el lago San Roque a pesar de su paraplejia, me cuenta que su hermano Daniel tiene una gran historia entre manos. Que por esas vueltas de la vida conoció a una mujer fantástica. Que cómo Santiago, vive en silla de ruedas, y que en diciembre de 2013 recibió el regalo que esperó durante toda su existencia.

Con Daniel fuimos hasta la casa de Nora, en el barrio Miguel Muñoz de Carlos Paz. En el camino me anticipa parte de lo que la protagonista se encargará de contar más adelante, con una carga emotiva que se percibe en el ambiente.

Daniel la conoció porque ella le dio la primera silla de ruedas a Santiago, algunos días después del accidente que lo condenó a su estado actual.  Me dice que últimamente sale muy poco porque se le rompió el joystick para maniobrar la silla y que comprar uno nuevo cuesta más de 10 mil pesos.

“Pasa la mayor parte de sus días adentro. Estamos organizando una rifa para ver si podemos comprarle el joystick y que así retome su vida”, cuenta Daniel.

Mientras la silla funcionaba, Norma se encargaba de las compras y salía a diario. Sin esa posibilidad, decidió recluirse. Su estado de irreversible paraplejia comenzó cuando tenía apenas un año y medio y en el paraje Copacabana los médicos le diagnosticaron un severo caso de poliomielitis.  La enfermedad le anuló completamente las piernas y también los brazos. Apenas si le liberó la mano izquierda.

El curriculum de vida de Nora desglosa un divorcio, dos hijos, una nieta, cinco hermanos y su madre fallecida hace ocho años. “¿Y tu papá?”, le preguntó Daniel, en uno de los primeros encuentros.

Pocas certezas. Norma nos recibe en el comedor de la casa. Está acompañada de sus hijos y Damián, su actual pareja, otro hombre clave para que esta historia fuera posible. Empezamos a hablar e inmediatamente surge la respuesta pendiente.

“¿Mi papá? Esa es la historia de mi vida.  - le dijo aquella vez a Daniel- Siempre quise conocerlo, pero nunca nadie me dijo nada de él. Sé que vive y en la zona dónde podría estar, pero seguridad, ninguna”.

A partir de aquel vacío comenzó a construirse la operación “Encuentro”. En 58 años, Nora apenas consiguió un nombre: Carlos Alberto Cafure. Pero de ahí en más, ninguna otra precisión.

“Cuando era chica y le preguntaba a mis tías, me decían que mi papá ya iba a venir o me cuestionaban porqué quería conocerlo”, se acuerda.

La búsqueda se intensificó hace algunos años, primero por teléfono, con un par de intentos fallidos de su ex pareja que pecó de brutal frontalidad.

“Tal vez no era la manera. Llamó a algunas personas que encontramos en la guía y les decía que había una hija que estaba intentando encontrarse con Carlos, e inmediatamente le cortaban o le decían que no sabían nada”.

Después siguió vía Facebook. “Empecé a agregar personas con ese apellido y a consultarles por el lugar donde vivían para ver si podía conseguir alguna pista, pero no respondían”.

La primera oferta de Daniel, para buscar a Carlos y conocerlo en persona, llegó en el invierno de 2013, pero Nora se negó porque todavía cargaba con el peso de un reciente intento frustrado. Con Damián habían emprendido una odisea en colectivo hasta Copacabana, en medio de una lluvia torrencial y ríos crecidos que complicaron la travesía. Aunque de aquel viaje trajeron una primera pista. El padre ya no estaba allí y lo último que se supo de él era que se había mudado a Villa del Soto.

“En diciembre pasado Daniel me llama y me dice. ´Nora, mañana vamos a buscar a tu papá. Es ahora o nunca´. Está bien, le dije, ahora sí”.

 La casa que Nota comparte con sus dos hijos y su pareja.

Encuentro. La madrugada del 8 de diciembre de 2013, Nora, Damián, Daniel y Gabriela, su esposa, partieron a Villa del Soto y recorrieron el pueblo golpeando puerta por puerta y preguntando por algún Cafure.

“Nadie sabía nada. Yo estaba adentro del auto y escuchaba que nadie conocía a esa familia. Pero mientras esperaba, me distraía el cartel de un almacén, que parecía abalanzarse sobre mí, como llamando mi atención. Entonces le pedí a Damián que entrara a preguntar. Algo me decía que ahí dentro podían ayudarnos. Allí nos dieron el primer dato. El “gringo” Cafure, uno de los hijos de Carlos, vivía a cuatro cuadras”. Norma lo cuenta con los brazos cruzados sobre la mesa y se le empiezan a inundar los ojos. Hay que observarla para deducir que el momento del encuentro está por suceder.

Uno de los hijos de Carlos les dijo que el padre se había mudado cerca, a Panaholma. Nora consiguió esa precisión bajo estricta promesa.

“Me preguntó para qué quería verlo y yo le dije que no podía explicarle en ese momento, pero que si me decía dónde estaba, lo iba a llamar por teléfono más tarde para contarle la verdad”. En realidad, Nora le hablaba a uno de sus 14 hermanos que la observaba como una completa extraña.

“Cuando llegamos, tenía miedo de cómo iba a reaccionar. Es un hombre de 82 años, con todo lo que eso significa. Pero más allá de todo, estaba tranquila”, sigue.

El encuentro rompió con cualquier libreto cinematográfico. Aquí casi no hubo lágrimas y lo que sobraban eran preguntas.  Entre dos personas con carácter de roble, el llanto descontrolado, los abrazos efusivos y otras reacciones que podrían resultar lógicas en este tipo de circunstancias, quedaron absolutamente postergadas.

 - ¿Se acuerda de Juana Santucho?  Yo soy hija de ella y de usted.

Carlos agacha la cabeza, piensa y suelta: “¿La que estaba en silla de ruedas? ¿Esa sos vos?  

Se da vuelta, como buscando aire y vuelve a mirarla sin pronunciar palabra.  Nora nació fruto de una relación casual. Poco después, Carlos había ingresado al servicio militar y apenas si se enteró que Juana había tenido una niña con serios problemas de salud, y a la que creyó muerta con el correr de los años.

Aquel viaje no fue el único encuentro entre Nora y su padre. En la última Navidad, Daniel se complotó junto a los hijos de ella para traerlo de sorpresa, sin avisar y a pocas horas de la Noche Buena.

“Nos mensajeamos todo el tiempo. Me gustaría pasar más tiempo con él pero entiendo que es un hombre grande, muy arraigado a su lugar. Por lo pronto, me conformo con tenerlo y haberlo conocido”, cierra.

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