El quinto aniversario del horror

En Icho Cruz nadie habla de lo que pasó. Uno podría indagar entre los dos mil habitantes que conforman la comuna y las bocas permanecerán selladas o tartamudearán hasta esquivar la requisitoria periodística.

Tampoco hay demasiadas precisiones sobre dónde ocurrió. Puede haber sido en el barrio Solares, aquella noche sofocante del 1 de diciembre de 2008, casi en el límite con la comuna de Cuesta Blanca, el último poblado antes de emprender el camino a las Altas Cumbres. O pudo ser unos kilómetros antes, en el recóndito paraje Las Jarillas, durante la mañana del 2 de diciembre.

Nadie en el pueblo parece haber indagado sobre los detalles de aquel macabro episodio.  Todos saben que ocurrió…y punto.

Este lunes se cumplen cinco años de uno de los crímenes más oscuros en la historia del turístico Departamento Punilla. Ariel Liendo, un chofer de taxi de 25 años con severos problemas para controlar su agresiva conducta,  sació de la manera menos imaginada su sed de venganza ante la negativa de su ex pareja, Cecilia Guzman (21), para retomar la relación. Cegado de ira, asesinó a martillazos a los hijos de ambos, los hermanitos Thiago y Axel, de dos y cinco años.

Era el corolario de un plan perverso que Ariel había comenzado a gestar 15 días atrás.

Heridas. Encontrar a los Guzmán en Icho Cruz no es tarea difícil. Todos los conocen porque Cecilia resultó ser la madre de las dos pequeñas víctimas, pero también porque la familia es de larga data en el pueblo.

“Es injusto que les haya tocado justo a ellos. Son una familia muy trabajadora y muy querida. Lo que pasó fue una tonelada de hielo que nos cayó encima a cada uno de los que vivimos aquí. Cada uno de nosotros sintió esa pérdida como propia” me dice el jefe comunal José Gaba, que aquella mañana del 2 de diciembre prefirió quedarse en su oficina y no acudir a Las Jarillas, donde había fuertes indicios de haber encontrado los cuerpos sin vida de los dos chiquitos.

“Desde la comuna ayudamos en todo lo que pudimos con los rastrillajes y demás. Pero cuando nos dijeron que podrían haber encontrado a los chicos preferí no ir. No estaba en condiciones de soportar ese momento”. Lo cuenta como si el hallazgo hubiera sido ayer y las sirenas de Policía aún retumbaran entre las callecitas de tierra que desembocan en la Ruta 14. Es que la comuna así lo vive. De alguna u otra manera, a todos les quedó atragantada la ilusión de encontrar a los hermanitos con vida.

Pregunto en el almacén y me dicen que los Guzmán están diseminados en varias casas a pocas cuadras de la cancha de fútbol del barrio Solares. Hago el intento con Cecilia pero prefiere no hablar del tema. Mercedes, la abuela que vive pegada a su casa, me cuenta que la nieta no anda del todo bien. Que otra vez está con carpeta médica en el trabajo. “Es diciembre, vio. No es fácil para ninguno de nosotros”, suelta.

A un par de cuadras vive Julio Guzmán, el padre de Cecilia. Ahora comparte casa con Rosa, su nueva pareja. Con la madre de sus hijos se separó poco después del trágico final de sus nietos. Es increíble hasta donde pueden llegar las esquirlas de un episodio tan devastador.

Antes de hablar con Julio, Rosa me recibe en la puerta de la casa y me anticipa que “él anda un poquito mejor”, pero que “viene diciembre y se hace muy duro para todos”.

“Hoy hace cuatro años, 11 meses y 28 días que me los quitaron. Es una pesadilla de la que uno nunca puede despertar. Dios me los prestó muy poquito pero sé que me miran desde una estrella. Estoy seguro que me están esperando”, cuenta Julio, que tuvo que cargar con la despreciable tarea de reconocer los cuerpos destrozados de sus dos nietos.

“Trato de mantener la imagen de ellos dos vivos, de cuando estaban conmigo, y no quedarme con ese último instante”, relata.

Julio trabaja la mayor parte del día. Se va bien temprano y vuelve entrada la noche. Lo hace porque lo necesita para mantener la casa, pero también porque le ayuda a no pensar.

“A Axel lo crié desde chiquitito. Era un hijo más. La verdad que nunca voy a entender lo que pasó. Si mi hija hubiera pedido ayuda, si nos hubiera dicho lo que estaba pasando, tal vez podríamos haber colaborado. Pero no le puedo reprochar nada. Ella hizo lo que creía que era lo mejor”, piensa.

Cecilia no está sola. Después de aquel trágico episodio se juntó con Nicolás, el hombre que, según Julio, le salvó la vida.

“No sé lo que hubiera sido de ella si no lo conocía”, se sincera.

El final. Ariel no sólo hería con sus puños. También era agresivo de la boca para afuera y sabía muy bien cómo hacerlo. Esa estrategia la utilizó mientras pergeñaba la última parte de su plan.

A las 21:30hs del 1 de diciembre de 2008, cansada de que no le respondiera las llamadas telefónicas, Cecilia decidió ir hasta la casa de los Liendo para recoger a sus hijos. Estaban con el padre, que debía haberlos devuelto bien temprano.

Cecilia golpeó la puerta y no hubo respuestas. Entonces decidió entrar y se encontró con el primer indicio de que algo andaba muy mal. Sobre la cama, rodeada de manchas de sangre y junto a un martillo de carpintero, estaba la foto de ellos dos junto a Thiago y Axel y un escrito que decía. “A los chicos los vas a ver en el cielo”.

Dos semanas antes, cuando Ariel le propinó otra brutal golpiza después de que ella se negara una vez más a retomar la relación, José Luis Liendo, el abuelo paterno de los chicos, le había aconsejado que radicara la denuncia porque “la cosa podía terminar mal”.

La denuncia llegó después del hallazgo de la carta y la Policía comenzó un rastrillaje intenso con ayuda de los vecinos. Primero fue Icho Cruz, después se continuó a los costados de la Ruta 14 hasta que uno de los efectivos encontró la moto en la que solía conducirse Ariel. Con ayuda de sabuesos y un rastreo satelital, las pistas llevaron hasta el paraje Las Jarillas, próximo a San Antonio de Arredondo.

Cuentan los oficiales que cubrieron el operativo, que a Liendo lo encontraron a las 10:30 hs de la mañana del 2 de diciembre, llorando, en una lomada, ensangrentado y pidiendo a gritos que lo maten porque él no había tenido el valor de hacerlo.  En medio de la refriega popular, la Policía lo subió a un patrullero y logró que les dijera donde se encontraban los cuerpos.

Los había dejado tirados en una zona de canteras. A uno junto al arroyo San Antonio y al otro a unos cinco metros. Las pesquisas determinaron que podría haberlos asesinado la noche anterior en la cama de su habitación, usando el mismo martillo de carpintero que su padre le había regalado para que aprendiera el oficio.

"Están destrozados los dos chicos”, había dicho Julio Guzmán en la escena del crimen. Los detalles de aquel hallazgo fueron tan escalofriantes que hasta los policías que participaron de la búsqueda se quebraron en llanto. 

Ariel declaró ante la Justicia que mientras llegaba a Las Jarillas, Axel, el mayor de los hermanos, llegó a preguntarle por qué actuaba de esa manera. La veracidad de esta declaración fue puesta en duda teniendo en cuenta algunas imprecisiones en el relato del asesino.

El 15 de noviembre de 2010, la Cámara Novena del Crimen de la ciudad de Córdoba, avalada por un Jurado Popular, desoyó los pedidos de la defensa para declarar la inimputabilidad de Liendo y decidió condenarlo a prisión perpetua,  la única pena estipulada en el Código Penal cuando se trata de este tipo de delitos.

- ¿Se preguntó por qué?, consulto a Julio. “Lo hago cada día de mi vida”, me responde.

Fotos: Archivo La Voz

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